El Lobo de Wall Street: El regreso del Scorsese clásico y descontrolado

WOLF 2

Tuvieron que pasar casi dos décadas para que tuviéramos de vuelta al Scorsese de Buenos Muchachos y Casino. La última cinta de Martin Scorsese, El Lobo de Wall Street, tiene el mismo vértigo y adrenalina de sus primeros filmes y de sus cintas de la década de los noventa. Es el mismo director que retrató con eficacia y agudeza los excesos de un descontrolado Henry Hill en Goodfellas, el que nos mostró la vorágine de Las Vegas en Casino y el que nos introdujo a un Nueva York sórdido y salvaje en Taxi Driver.

La cinta nos cuenta nuevamente el ascenso y la caída de su personaje principal, pero esta vez no se trata de un cinta de mafiosos, aunque si estafadores que buscan el dinero fácil. Es la historia de Jordan Belfort, un ambicioso corredor de bolsa que tras quedarse sin empleo, decide crear su propia agencia donde vende bonos basura y a través de la cual se vuelve millonario vertiginosamente.

El Scorsese desenfrenado aparece desde el primer minuto de proyección. Sin prólogos innecesarios (El Aviador) o metáforas evidentes (Los Infiltrados),  nos presenta en las primeras escenas el descontrol al máximo. Drogas, sexo, dinero al por mayor, juegos con enanos y mucho más. Es entonces que conocemos a Belford y cuál es el caótico mundo en el que se mueve. Y el personaje nos hace cómplice de ello. Mira a la cámara y nos cuenta su historia, tal como ocurría en el tramo final de Buenos Muchachos, pero esta vez en las escenas iniciales.

Scorsese es hábil y agudo al retratar un mundo lleno de descontrol. Y lo hace muchas veces en tono de comedia. Si en Goodfellas la risa era provocada por un asesinato salvaje e inexplicable, esta vez es inducida por las sobredosis de drogas o las escenas de sexo. El Lobo de Wall Street es en definitiva la película que debimos haber visto después de Casino y no Kundun, ni Vidas al límite.

Leonardo Di Caprio encarna al personaje principal, un rol que pudo haber interpretado Ray Liotta en los noventa o De Niro en los setenta. Di Caprio vuelve a demostrarnos el gran actor que es. Puede ser cínico, egocéntrico y excesivo y conservar intacto su carisma. Ya en El Aviador y en Los Infiltrados había encarnado a personajes al límite, pero esta vez el Belford que encarna es un tipo que no conoce ningún límite y vive cada día como si fuera el último.

El cómplice de Di Caprio es Jonah Hill, que ya no es el mocoso fanfarrón y boca sucia de Superbad. Hill sigue siendo verborreico como en sus primeros filmes, pero acierta al bajar las revoluciones en beneficio de la escena o en dar el contrapunto preciso al personaje de Di Caprio. Es un actor más maduro que maneja la comedia de forma más eficaz y cuya carrera sin duda va en ascenso.

La vida a veces es un círculo y en ocasiones  volvemos al mismo lugar donde empezamos. Como Henry Hill en Buenos Muchachos o Ace Rothstein en Casino, Jordan Belford es un tipo común pero igual de ambicioso que ellos y es precisamente esa ambición la que termina destruyéndolo. Difícilmente esta cinta gane el Oscar a Mejor Película ya que es un filme lleno de excesos, pero es lo que menos importa. Lo que agradecemos es tener de regreso al Scorsese que nos deslumbró a inicios de los noventa y que se convirtió en nuestro director favorito tras descubrir sus anteriores cintas. Gracias por volver Marty.

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